domingo, 18 de septiembre de 2011

El arrojo.

-¿Qué le pasa a Carla?- Me preguntaste directamente. Sin rodeos quisiste saber su estado, ese ‘’cómo está’’ que tanto quería sacarlo de mi cabeza. Te llamé y viniste, preocupada, a sabiendas de la poca ayuda que tú puedes brindar.

-¿Sabes, o no?- dijiste entonces con violencia. Y me dí cuenta que una vez que nos sentamos en la banca de esta hermosa plaza, con su pileta en el centro y su agua cristalina, agua imbebible; con sus árboles testigos de tanta borrachera juvenil, tanta alegría y gritos de niños, y de tanto sexo; me había quedado callado, con la boca entreabierta (apuesto a que me veía estúpido), y mirando fijamente mis zapatos negros.

-Ambos sabemos cómo está- dije tristemente.
Y mi silencio me pareció infinito, pero así no fue.

-habla de una vez, por el amor de Dios-.
Y es que no sabía cómo comenzar. Tenía que decírtelo: el paupérrimo estado físico y emocional de Carla, su insostenible situación económica, la presión que siente su hija, Ana, bellísima e inteligente, pero con un infierno a cuestas.

Sí, tenía que decirlo, es urgente, no queda mucho tiempo, aunque…

-Ella está mal. Sólo le quedan un par de días de vida, según el doctor Joel. Es normal su muerte, es decir, a todos nos llega la hora, pero…nuestra existencia pareciera ser injusta. Ella no deseaba el VIH. Ella siempre se cuidó, fue discreta en su oficio de prostituta para no dañar a su hija; siempre se sacrificó por los que amaba, entre ellos, tú y yo…

-Me siento tan mal -interrumpiste-…no he podido ir a verla al hospital por trabajo. Tú sabes, por opinar distinto a mi jefe me hace la vida imposible…pero da igual. Gerardo, unos dicen que la vida no es justa; otros, que uno obtiene lo que se merece. Pienso yo que no es que la vida sea parcial, sólo somos víctimas de las consecuencias de nuestros actos, sean buenos o malos…mas, ¡diablos! ella no lo merecía, no lo quería, y no tuvo elección. Es todo tan complicado…

Y luego sollozaste.
-Quiero verla, Gerardo, quiero hablar con ella y con Ana-.

Lo que sentiste tú, lo había experimentado yo hace un par de días. Aun sufro por lo que nuestra amiga está pasando, y es incontrolable. Pero algo sucedió, y es que me dí cuenta que me gustas. Llevamos años siendo buenos amigos, disfrutando cada segundo de la vida juntos. Pero una noche, mi mente dio un salto del sueño a la realidad y te anheló.
Si te cité, es para decirte lo mal que Carla está, para organizarnos y hacer algo gentil por ella y su hija. Sin embargo, más que eso…necesitaba ver tus ojos. Tu boca, y tus manos. Y necesitaba sentirte a mi lado. Y ahora que estamos así, juntos, sentados, aguantando sin disgusto los alaridos de los niñitos jugando al balón pie, mi corazón explota por la confusión que siento, por la culpabilidad que palpo al sentir la necesidad de preocuparme por mi amiga y en ves de eso, preocúpome por algo que ni sé si deba llamarse amor.

-No creo que ahora sea el momento. La vi hace dos días, y estaba durmiendo. Pero hablé con Ana, sentada en el pasillo del hospital. Le va muy bien en la escuela, y tiene novio. Como todo joven a los 16- y solté una sonrisa, irónica por lo demás, recordando lo solitario que era a esa edad; riéndome de aquella frase que no trago…y no estimo en ser el único. – Se veían como un diente de león en un cementerio lleno de rosas marchitas.

-Me gustaría verlo- dijiste riendo nerviosamente, y percibí tu alegría al saber que hay cabida para el amor aun en tiempos difíciles.
‘’Tiempos difíciles’’, y volví a mi reflexión, pues recordé el huracán de emociones sentida esta semana. ¿Estaré siendo egoísta, al no preocuparme lo suficiente por mi amiga, que siempre ha estado allí, que ahora necesita a sus cercanos más que nunca? ¿O ese pensamiento no existe, es una ilusión? ¿Una barrera autoimpuesta para no enfrentar la atracción que por ti siento?

-Pero si quieres vamos ahora. Tal vez esté despierta, y el médico nos deja entrar-.
Abriste aun  más los ojos  y me miraste con desconcierto. Luego, bajaste la mirada y enunciaste: -No creo, mejor otro día. Siento que la molestaremos-.
-Puede ser pero…no hay tiempo que perder, siendo ella- expresé con un semblante y voz que mezclaba alegría, miedo y desconsuelo.

Asentiste, y dejamos nuestro puesto. Caminamos un poco, y el corazón mío comenzó a latir fuertemente. No, este sentimiento es mío, y es común. El amor es común, todos lo perciben, y lo acogen o rehúsan. Carla lo entendería, sí que lo haría, e irradiaría júbilo: porque por lo menos su hija y un par de amigos lograron encontrar la felicidad en otro precioso ser; porque las personas en las quien confío y amó obtuvieron recompensa  inesperada, al respetar y apreciar; porque el desear el bien, alivia el dolor y el sufrimiento que su enfermedad provoca, y la hace feliz; porque la acerca a Dios, y le concede esa paz que quiso desde su afanosa adolescencia.

No, su vida, Carla…no era eso. Y es que soy un imbécil. Soy un cobarde. Debía tomar su ejemplo y abrazar al coraje, pues el tiempo sí es ingrato, y aprovechando cada bendito segundo que el Cosmos me brinda, tenía que romper ese muro llamado ‘’timidez’’, dejar de lado el miedo, y lanzarme a lo desconocido, arrojarme hacia ti…

…Y entonces, tomé una decisión. Cesé el andar. Tomé tu mano izquierda, y al tiempo que clavaba mis ojos en los tuyos, –‘’ ¿que sucede?’’me dijiste, soltando una risita- comencé: -Paula, yo…