miércoles, 11 de julio de 2012

Instante


Tu voz, nada más que tu voz, fue lo que se impuso como la nieve en primavera, ante palabras superfluas que merodeaban el lugar. Fue tu voz la que más escuché claramente, a pesar de tenerte lejos.  Fue tu voz la creadora de un aroma ilusorio, era una flor la que desprendía esperanza, y no fue más que la campana de aquella catedral abandonada, sin luz ni bostezo, nada, templo sin aquelarres, de allí resuena la mentira.
De tus dulces labios.
No.
Nunca probé tu boca, y lo digo como si fuera un algodón de azúcar, de esos que comimos una vez, sólo una vez.
Así que otra será la comparación; del desierto florido en el que inmerso me mantuve durante las clases de un pasado, dónde me perdía con tanta fantasía, entre tanto pétalo de ternura y decisión, divagaba entre la idea de sentirme deseado y otra que me alentaba a posar mis pupilas en tu llama ondulante.
Tras largos vuelos de las horas sobre palomas de viento y luna, tus palabras sonaron sutiles, y menospreciaron a lo que el gentío llama sacro.
Ansiaba volver a verte, tocarte con o sin la piel, abrazar la cadera que sentí mía una tarde, sentirte mía aunque jamás lo fuiste. Darte la mano que tu calor reclamó suyo. Recuerdos.
Porque volver a verte es colocar nuevamente una balada que enaltece al vino y distrae a la suerte.
Por eso también te odiaba y no quería mirar tus dientes, ni ser el blanco de alguna frase musitada por ti. No, no lo quería, congelado el contacto, nada que hablar, todo olvidado. Basta de una vez que ya morí con tu silencio, tú, flor impasible, te confundes entre el cómplice y el autor.
Definitivamente te odiaba. El mayor desprecio es aquél que petrifica las tierras de Baco; las que seca inquietantemente un mar de sensibilidad. No hay sentimientos. Nada más importa, la carne termina de pudrirse.
Y cuando las estrellas ya han caído, todas, en ese mismo instante también  en que mis colosos de tierra y sombra dejaron de sangrar, porque la herida desmayó; fue (¡maldición!) cuando hiciste una pregunta, entremedio del desorden que suponía la ida del joven docente.
‘’¿Cuándo te veo?’’
¿Qué cuando me ves? ¿Qué día verás nuevamente a esta triste figura, ácrata en su ropaje, perdido entre las ideas?
Pienso, luego dejo de vivir.
Saludos fríos, intercambio breve, ¿breve entiendes? De exponentes al código más formal que denota distancia. Ya estamos lejos, así quedamos.
Y después de un tiempo vuelves a tenerme a unos metros, y luego vengo y orgulloso, devuelvo lo que no es mío.
¿Y sólo quieres verme para hacer lo mismo?
¿Triunfo sobre triunfo?
Proponerle tregua al remordimiento.
Tal vez en el fondo quise que hubiera una segunda y hasta quinta lectura en tu duda.
Tal vez, no quiero pensar en ello.
Certeza sí tengo de algo: que tus pies y tu locura sonrieron de felicidad al verlo llegar.