sábado, 12 de noviembre de 2011

Paso.

Paso.
De los amigos por etiqueta que beben contigo, pero que tus penurias son para ellos como el aire bajo el mar.
Paso.
De aquellas ninfas de dulce perfume e ígnea mirada, pero de corazón tan obscuro como el sol camuflado.
Paso.
De tu sangre y de la mía derramada por la tierra al fin del mundo, que cómodas se mantienen separadas las gotas, unas de las otras, por orgullo y rencillas de antaño.
Paso.
Del Gobierno y su Gobernante, de su Logia y de su especie, aquella raza que comparte conmigo el mismo origen, la misma semilla, las mismas guerras, las mismas torturas, una misma historia…pero que en mi alma en la de tu prole solo ven carne sucia por la tierra y números por explotar.
Paso.
De tu amor vano que me entregaste en besos volátiles, que para ti fueron nada…mi boca fue sólo una objeto más.
Paso.
De la salida alternativa que me ofreces para huir de la soledad, pero no, ya no creo. Todas fueron y serán el abatimiento hecho recuerdos.
Paso.
Del mundo y de mi vida, del año, del andar y lo contado.
Paso de todo en este instante, y de todos en este segundo, porque mis jóvenes células y mi inexperto espíritu cansados están de la desilusión y el abandono. Lo intentaré aunque me retrase; aun cuando me quede sin piedad ni sorpresa...Quizá sí, acaso no, necesito ir al encuentro de un mundo con gente menos distante y mentirosa.

domingo, 9 de octubre de 2011

Nubes

Abrí los ojos, y el alba allá afuera
Recibiome con la tierra echa barro.
Fue el cielo, que vistiendo de luto
Lloro sin control apoyado sobre mi puerta.

De luto estuvo él, y también las estrellas
Y los árboles, y los búhos, y los amantes frustrados;
Porque ayer he enterrado en lo abisal de lo geológico
El amor que hube sentido alguna vez por ella.

Yo ya lo sabía, sabía tu respuesta,
Pero no pude evitarlo, pues el dolor es sólo mío.
Profundamente herido, apuñalado por tu boca
Dormido me he quedado, otra vez en el vacío.

Abrí los ojos, y había nubes,
Tan grises como estos altos edificios.
Dejé mi corazón, en algún hidrometeoro
Esperando así olvidarte, esperando no encontrarte.

domingo, 18 de septiembre de 2011

El arrojo.

-¿Qué le pasa a Carla?- Me preguntaste directamente. Sin rodeos quisiste saber su estado, ese ‘’cómo está’’ que tanto quería sacarlo de mi cabeza. Te llamé y viniste, preocupada, a sabiendas de la poca ayuda que tú puedes brindar.

-¿Sabes, o no?- dijiste entonces con violencia. Y me dí cuenta que una vez que nos sentamos en la banca de esta hermosa plaza, con su pileta en el centro y su agua cristalina, agua imbebible; con sus árboles testigos de tanta borrachera juvenil, tanta alegría y gritos de niños, y de tanto sexo; me había quedado callado, con la boca entreabierta (apuesto a que me veía estúpido), y mirando fijamente mis zapatos negros.

-Ambos sabemos cómo está- dije tristemente.
Y mi silencio me pareció infinito, pero así no fue.

-habla de una vez, por el amor de Dios-.
Y es que no sabía cómo comenzar. Tenía que decírtelo: el paupérrimo estado físico y emocional de Carla, su insostenible situación económica, la presión que siente su hija, Ana, bellísima e inteligente, pero con un infierno a cuestas.

Sí, tenía que decirlo, es urgente, no queda mucho tiempo, aunque…

-Ella está mal. Sólo le quedan un par de días de vida, según el doctor Joel. Es normal su muerte, es decir, a todos nos llega la hora, pero…nuestra existencia pareciera ser injusta. Ella no deseaba el VIH. Ella siempre se cuidó, fue discreta en su oficio de prostituta para no dañar a su hija; siempre se sacrificó por los que amaba, entre ellos, tú y yo…

-Me siento tan mal -interrumpiste-…no he podido ir a verla al hospital por trabajo. Tú sabes, por opinar distinto a mi jefe me hace la vida imposible…pero da igual. Gerardo, unos dicen que la vida no es justa; otros, que uno obtiene lo que se merece. Pienso yo que no es que la vida sea parcial, sólo somos víctimas de las consecuencias de nuestros actos, sean buenos o malos…mas, ¡diablos! ella no lo merecía, no lo quería, y no tuvo elección. Es todo tan complicado…

Y luego sollozaste.
-Quiero verla, Gerardo, quiero hablar con ella y con Ana-.

Lo que sentiste tú, lo había experimentado yo hace un par de días. Aun sufro por lo que nuestra amiga está pasando, y es incontrolable. Pero algo sucedió, y es que me dí cuenta que me gustas. Llevamos años siendo buenos amigos, disfrutando cada segundo de la vida juntos. Pero una noche, mi mente dio un salto del sueño a la realidad y te anheló.
Si te cité, es para decirte lo mal que Carla está, para organizarnos y hacer algo gentil por ella y su hija. Sin embargo, más que eso…necesitaba ver tus ojos. Tu boca, y tus manos. Y necesitaba sentirte a mi lado. Y ahora que estamos así, juntos, sentados, aguantando sin disgusto los alaridos de los niñitos jugando al balón pie, mi corazón explota por la confusión que siento, por la culpabilidad que palpo al sentir la necesidad de preocuparme por mi amiga y en ves de eso, preocúpome por algo que ni sé si deba llamarse amor.

-No creo que ahora sea el momento. La vi hace dos días, y estaba durmiendo. Pero hablé con Ana, sentada en el pasillo del hospital. Le va muy bien en la escuela, y tiene novio. Como todo joven a los 16- y solté una sonrisa, irónica por lo demás, recordando lo solitario que era a esa edad; riéndome de aquella frase que no trago…y no estimo en ser el único. – Se veían como un diente de león en un cementerio lleno de rosas marchitas.

-Me gustaría verlo- dijiste riendo nerviosamente, y percibí tu alegría al saber que hay cabida para el amor aun en tiempos difíciles.
‘’Tiempos difíciles’’, y volví a mi reflexión, pues recordé el huracán de emociones sentida esta semana. ¿Estaré siendo egoísta, al no preocuparme lo suficiente por mi amiga, que siempre ha estado allí, que ahora necesita a sus cercanos más que nunca? ¿O ese pensamiento no existe, es una ilusión? ¿Una barrera autoimpuesta para no enfrentar la atracción que por ti siento?

-Pero si quieres vamos ahora. Tal vez esté despierta, y el médico nos deja entrar-.
Abriste aun  más los ojos  y me miraste con desconcierto. Luego, bajaste la mirada y enunciaste: -No creo, mejor otro día. Siento que la molestaremos-.
-Puede ser pero…no hay tiempo que perder, siendo ella- expresé con un semblante y voz que mezclaba alegría, miedo y desconsuelo.

Asentiste, y dejamos nuestro puesto. Caminamos un poco, y el corazón mío comenzó a latir fuertemente. No, este sentimiento es mío, y es común. El amor es común, todos lo perciben, y lo acogen o rehúsan. Carla lo entendería, sí que lo haría, e irradiaría júbilo: porque por lo menos su hija y un par de amigos lograron encontrar la felicidad en otro precioso ser; porque las personas en las quien confío y amó obtuvieron recompensa  inesperada, al respetar y apreciar; porque el desear el bien, alivia el dolor y el sufrimiento que su enfermedad provoca, y la hace feliz; porque la acerca a Dios, y le concede esa paz que quiso desde su afanosa adolescencia.

No, su vida, Carla…no era eso. Y es que soy un imbécil. Soy un cobarde. Debía tomar su ejemplo y abrazar al coraje, pues el tiempo sí es ingrato, y aprovechando cada bendito segundo que el Cosmos me brinda, tenía que romper ese muro llamado ‘’timidez’’, dejar de lado el miedo, y lanzarme a lo desconocido, arrojarme hacia ti…

…Y entonces, tomé una decisión. Cesé el andar. Tomé tu mano izquierda, y al tiempo que clavaba mis ojos en los tuyos, –‘’ ¿que sucede?’’me dijiste, soltando una risita- comencé: -Paula, yo…

martes, 30 de agosto de 2011

Poema 3


No es fácil para mí encarar lo que siento.
Conocer, abrazar, amar y seguir.
Desentrañar las emociones ahogadas en silencio,
Es tan difícil como a la dicha perseguir.

Simple es para la criatura de tu estirpe,
Así es para ti, frágil espíritu risueño.
Sin miedo danzas, sin decoro besas
Los fugaces encuentros acordados en invierno.

¿Cómo se puede amar al ser que tu esencia no comparte?
Prisionero mucho tiempo he sido del recelo.
La soledad más intensa devora mis palabras,
Duerme mi expresión, me encadena al silencio.

Mi piel te reclama, gritando hacia el cielo;
Sólo es callada por el céfiro clemente.
¿Qué he de hacer entonces, corazón desafortunado
Con la mujer que mi alma llena íntegramente?

sábado, 20 de agosto de 2011

De ti

Necesito algo de ti, como la primavera a las flores,
Aunque sea un trozo de tu ingrata memoria.
Quizás una palabra, que siembre la vida;
Quizás un sentimiento, que de tu boca brote.

En mis manos fluyen copias de tu alma/ que asaltan cada letra de mi nombre,
Cada idea abstracta que suspira
Trozos de mi piel, sin esencia, sin salidas
Hasta que llegar a un punto muerto, más vacío que la muerte. 

No paro de imaginar en esta hora infame
Un paraje mustio, ausente el jazmín y la begonia.
Tu cuerpo se entrega a mis manos, sin premura
Ansiando tocar lo más íntimo de tu sexo celeste.

Y es que cada vez que vuelve tu recuerdo,
Es inevitable atentar contra mi alma.
Mi amor vuela hacia ti, como ave inmolada
Hasta desaparecer en traidores segundos.

jueves, 11 de agosto de 2011

Momento

Decido una vez más situarme en el momento,
Hasta ese invierno, de mil caras tristes.
Recuerdo llantos, y nubes grises,
Y las calles, y tu cuerpo alborozado.

Te miro fijamente, y observo tus palabras,
Que vuelan suavemente hasta posarse en mis labios.
Perfectas emociones, escritas por el viento
Se incrustan en la noche, tocadas por ella.

En un arrebato, del sol ansioso y miserable
Se incendia el cielo, y te quitan de mis brazos.
Le da muerten a tu cuerpo, separando nuestras manos
Quedándome tu voz, brisa incesante.

He de abrir los ojos, sabiendo que estas ausente,
Enmudeciendo el llanto el dolor recuerdo.
Anestesia quiero, o quizás olvido,
Para así vagar perdido entre el idilio inexistente.  

miércoles, 3 de agosto de 2011

Caperucita Roja (Un humilde remake de un clásico)



I
Ilse Wolff se disponía a salir de su casa, cuando recordó que había dejado su paquete de cigarrillos en la mesa. ‘’-¿Qué pasó? ¿Por qué regresaste?-‘’ preguntó la madre con desfallecida voz, proveniente de uno de los cuartos. ‘’-Por nada-‘’ respondió al tiempo que recogió lo olvidado, y cerró la puerta. En la mano izquierda llevaba una canasta con dulces y pasteles, golosinas que revivía la mocedad de la Vieja. También iban envueltos una botella de vodka (40% de alcohol) y unas figuras de metal, todo elaborado por la madre de Ilse; ella le pidió a su quinceañera hija que fuera a dejar aquél paquete lo antes posible, puesto que la Vieja, producto de la soledad, estaba cada día peor. La joven obedeció de mala gana. El fin de semana iría al lago con amigos, y probaría una vez más el efecto de los comunes hongos alucinógenos del bosque…en cambio, ahora, tendría que gastar valioso tiempo de su juventud con su abuela, mujer de avanzada edad, loca y de corazón duro.

Llegó a la entrada del Bosque. Ajustó el revólver que llevaba en la cintura, y púsose la roja caperuza sobre su cabeza. El flequillo sobre su frente delataba el rubio de su cabello, y el largo de este. Caminó por el terroso sendero color café por muchas horas antes de tomar un descanso, sin dejar de sentirse fastidiada por la trova de pájaros posados en las ramas de los árboles, entes débiles. Encendió un cigarro y se detuvo en la orilla de un lago no muy lejos del camino. Sus delicados pies probaron la frescura del agua infinita que recorría la depresión, a la vez que observaba el otro lado: una pareja de pumas, ambos machos; árboles altos y gruesos, que servían de morada para las ardillas, esos tiernos animalitos a los que Ilse odiaba. Todo lo despreciaba, abominaba la pacífica vida que llevaba en el pueblo, los animales que sólo viven y nada más, su tonto vicio del tabaco que había adoptado para eliminar su fama de niña buena, porque no lo era. Ya había llegado el crepúsculo cuando su furia por fin calmó y sacó los pies del agua, y el viento se encargó de secarlos. En el momento que  terminó de fumar el sexto del día, retomó el andar, y luego de unos minutos de caminata, divisó unas pequeñas setas marrones bajo un arbusto colocado en la curva de la senda.
‘’Esto dejó de ser aburrido’’ pensó, al tiempo que corrió hacia ellos, con una sonrisa. La primera del día.

II
Cuando acabó de consumir un par de aquellos estimulantes milagrosos, los efectos los hallo de inmediato: Los tímidos árboles ahora eran seres ultra violentos que agitaban sus colosales brazos, como si quisieran atacarla y algo lo impidiera; los búhos eran demonios alados, espectadores de una función horrorosa que ellos, al igual que la chica podían ver con sus abisales y tenebrosos ojos; el viento era el hedor del mismísimo Bosque muerto; La Luna, llena esa noche, la admiraba demente en la alta bóveda oscura, y las estrellas eran lo ojos de la Reina de la piel de plata, cada una con un iris diferente.
Ilse caminó temblorosa por la vía tratando en vano de sostenerse en algo, pero en ningún momento soltó su canasta. En un momento, se desvió del camino, y vagó hasta llegar a un claro, siempre esquivando los ataques de las sombras y los árboles.  Una vez allí, se dio cuenta que una figura cuadrúpeda, negra y de ojos amarillos la miraba. La larga cola se agitaba violentamente, y tras rápidos movimientos, la bestia estuvo frente a ella. Se encontraron: mujer blanca y lobo negro, ojos verdes y ojos azafranados, rabia contenida e ira libre. Ella se acercó al animal, y dejándose llevar por sus deseos lascivos contenidos, dejó que la fiera llevara a cabo el acto carnal, dando paso a un carnaval de orgasmos durante largo rato. Las sensaciones que Ilse sintió no pueden ser descritas, excepto el placer, pero, ¿placer de qué? No sabía lo que hacía.
No era conciente de sus actos, no tenía idea donde estaba, y menos lo que veía. ¿Acaso estaría muerta? Obviamente, esa pregunta la formuló de día. Aquella noche el mundo dejó de ser mundo para convertirse en algo similar al infierno, donde las emociones eran imposibles de ser contenidas.

III
Soñó que se encontraba encerrada en una celda de carne y huesos. La sangre recorría todo su cuerpo, y estaba toda viscosa también por los fluidos. Es como si hubiera estado dentro del cuerpo de alguien vivo…podía oír una segunda respiración, agitada, como la de un sujeto inhumanamente furioso. Poco a poco fue levantando su brazo y estirándolo, puesto que quería saber las dimensiones de su celda, pero pronto se dio cuenta de lo estrecho que era el lugar. En un principio, como estaba adormecida, no le dio tanta importancia a la situación, pero luego el pánico se hizo incontrolable y comenzó a golpear exasperadamente las extrañas ‘’paredes’’.

El cazador que se encontraba a su lado la protegía hace dos horas desde que la encontró, tirada en la hierba al medio es un terreno libre de árboles. Estaba semidesnuda, con sus ropajes rasgados de una manera extraña, pues el cuerpo de la chica no tenía heridas. El níveo cutis de la joven y el cabello rubio, algunos expuestos a los primeros rayos del alba cautivaron de inmediato al solitario hombre de treinta años, por lo que intentaba no mirarla. Levaba una escopeta clásica al hombro, y un revolver de largo cañón y de ocho balas cargadas a la cintura. Con el tiempo, el cazador aprendió a convivir con la soledad, aunque solo no estaba del todo; El Bosque y sus habitantes eran seres de grata compañía, criaturas de las cuales no se cansaba de aprender. Mujeres…de vez en cuando se acostaba con una ramera, pero el amor, el tener a una compañera a la cual le entregas los secretos más sagrados de tu vida y haces suyo tu espíritu, había muerto para él. Nunca fue bueno con las relaciones, ni siquiera en la amistad. Decidió entonces dedicarse a la vida que siempre soñó, pacífica y con lo necesario para hacerlo experto en lo que quisiera. Sin duda, optó por el camino más difícil.
Él la llevó en sus brazos, con un sencillo canasto, hasta la orilla del camino, junto a un gran cerezo de hojas rosáceas. Evitar contemplar a tan bello ser era un complicado desafío, puesto que se veía bastante atractiva yacida tan inocentemente dormida.
Tras largo rato, y mientras el individuo encendía un cigarrillo, escuchó la suave y fría voz de la chica.
-                     Tenía una cajetilla en mi bolsillo…pero creo que se la perdí…
-                     ¿Quieres uno?- le ofreció amablemente…se dijo a si mismo que no le reprocharía a la recién despierta sobre los riesgos del tabaco, que no era sano para esa edad.
Le encendió un tubo y se lo dio, y ella le dio una larga chupada la bendita colilla.

IV
Llego la joven a su destino cuando el pueblo era nuevamente bañado con el fulgor de la Luna llena. Llevaba puesto lo que quedaba de su vestido, una chaqueta que el cazador le dio y su caperuza de terciopelo escarlata. Tenía frío, y los cinco cigarrillos que su guardián le regalo se los fumó en el transcurso del día.
En la cesta, aparte de los regalos que su madre había puesto allí, se encontraban 10 balas para recargar su revolver, que no usó en la travesía y que, sin saber explicarlo, no había perdido. (Que injusta es la vida…daría esos malditos y pequeños metales por la cajetilla que descuidó).

Sacó una llave dorada bastante oxidada, con la que pudo abrir la deteriorada puerta. La casa, algo pequeña, vieja, descuidada y sin luz, quedaba en la periferia del gran pueblo, en su entrada al Este. Muchos viajeros pasaban de largo pensando en quien viviría en la residencia, si es que alguien vivo pudiera morar allí.

A pesar de lo oscuro, ella pudo sentarse en el único sillón decente que la Vieja tenía en el domicilio, debido a que la memoria de la chica había retenido el orden de los muebles. La abuela, a causa de su atroz estado físico, no había hecho una redecoración en más de veinte años. Descansó un momento.

V
Rato después y sintiéndose mejor, se dirigió directamente al cuarto, con la canastilla bajo el brazo. La mujer estaba sentada en la cama, mirando con amargura hacia la ventana que daba a la calle. La luz lunar iluminaba toda la alcoba, al igual que esos luceros amarillos.
-         Hola Vieja – dijo Ilse, entrando a la habitación.
-         ¿Que haces aquí, nietecita? – preguntó con voz enferma y repugnante. La sala estaba impregnada de un aroma pestilente.
-         No te hagas ilusiones; No vine saber como estás-.
Y un rayo cruzó por su cabeza, dándose cuenta de algo. La Vieja lucía extraña. Tenía rasgos que no eran propias de una mujer…Tal vez la voz era producto de sus múltiples enfermedades, pero esto…Comenzó a sospechar.
-Que anteojos tan grandes, Vieja. Nunca los necesitaste -.
- Son para verte mejor, querida -.
Queriendo más pruebas, inquirió:
-Y tus orejas…que feas y grandes son-
-Con ellas te oigo mejor, mi niña-.
Esos ojos color ámbar la aterrorizaron. El tono de voz no era propio de aquel vejestorio. Ese no era el trato al que estaba acostumbrada a recibir de parte de la anciana. Ella no era su abuela.
-         Que boca tan sucia y grande tienes, hijo de puta- le dijo con insensible voz.
-         No querrás saber para que sirven… - lo dijo con voz extremadamente grave,  y al tiempo que Ilse sacaba su revolver, el impostor saltó de la cama…y comenzó la transformación.

Ella vació el tambor en el hombre, pero aquellas balas no impidieron que el sujeto culminara con su metamorfosis: su piel se rasgaba para dar paso a una nueva piel extremadamente velluda, con el pelaje color negro; su rostro tomó la forma de un canino; una larga cola salió desde atrás, y se agito con saña. El lobo dio un salto y quedó en frente de la chica. Le era familiar: en algún lugar había visto al animal que olfateaba a su alrededor, girando bruscamente la cabeza, y parecía que con cada inhalación, se volvía más loco.

Cargó tres proyectiles y corrió. Salió del cuarto en línea recta, y tropezó con un gran bulto. Cuando cayó, su piel tocó un líquido que ya parecía estar seco, aunque algunas partes se mantenían frescas. Vio que su atacante se acercaba lentamente; lo sabía porque en medio del oscuro escenario se aproximaban el par de círculos azafranados. El lobo dio un salto. Ella no intento apuntar.

VI
A sólo unos kilómetros de la entrada de aquel pueblo, se encontraba el cazador, intentado dormir.
‘’-Fue algo extraño…una fiera azabachada me atacaba, pero el dolor se convertía en placer. Luego, me hallaba encerrada’’.
No era algo bueno. Ilse fue víctima de Sir William Kent–Battenger, famoso aristócrata de Hanau, licántropo desde hace 25 años. Con el fin de proteger a la hermosa muchacha, el hombre la siguió con prudencia hasta cierto punto cercano a la casa de la abuela.
De pronto, un aullido lo sacó de su reposo.
El cazador saltó de la rama donde reposaba, y corrió, dejando su bolso y escopeta; esta última no serviría. En pocos segundos llegó al fin del camino y observo como el Lobo lentamente dejaba la casa. La sangre fresca goteaba desde el pecho y el hocico, gotas que formaron un pequeño charco en cuestión de segundos una vez que el lobo estuvo a metros de él. Pudo ver, con dificultad, los orificios que tenía a los costados de la región dorsal y supo que la joven intentó darle muerte. Sacó y encañonó con su revolver cargado de plata bendita al cuadrúpedo endemoniado. Con violencia este agitó la cola y dio un aullido más; él último, quizá. Corrió el alma maldita hacia el vengador con la intención de destrozar su cuerpo, pero el cazador se adelantó y dio un certero disparo. La bala dio en una pata, pero eso no fue suficiente. ‘’Maldita perra’’ blasfemó entre dientes.
Por un momento. El individuo vio como la abominación hecha carne volaba por los aires; contempló con detalles como los cabellos eran agitados por el viento; como la baba salía del hocico, formando un hilo en el cielo. Pero no se dio por vencido. Y a pesar que el fragmento de plata atravesó el cuerpo del animal, haciendo explotar su oscuro corazón, la saliva envenenada logró mezclarse con la sangre de Leonard por medio de una última mordedura.
Luego de unos minutos, se incorporó, comprendiendo su derrota. Miró su brazo herido, y leyó en las estrellas que su vida ya no tenía sentido. Y antes que su sangre comenzara a hervir y e infectara los tejidos de su cuerpo, el cielo fue testigo del suicidio.