miércoles, 3 de agosto de 2011

Caperucita Roja (Un humilde remake de un clásico)



I
Ilse Wolff se disponía a salir de su casa, cuando recordó que había dejado su paquete de cigarrillos en la mesa. ‘’-¿Qué pasó? ¿Por qué regresaste?-‘’ preguntó la madre con desfallecida voz, proveniente de uno de los cuartos. ‘’-Por nada-‘’ respondió al tiempo que recogió lo olvidado, y cerró la puerta. En la mano izquierda llevaba una canasta con dulces y pasteles, golosinas que revivía la mocedad de la Vieja. También iban envueltos una botella de vodka (40% de alcohol) y unas figuras de metal, todo elaborado por la madre de Ilse; ella le pidió a su quinceañera hija que fuera a dejar aquél paquete lo antes posible, puesto que la Vieja, producto de la soledad, estaba cada día peor. La joven obedeció de mala gana. El fin de semana iría al lago con amigos, y probaría una vez más el efecto de los comunes hongos alucinógenos del bosque…en cambio, ahora, tendría que gastar valioso tiempo de su juventud con su abuela, mujer de avanzada edad, loca y de corazón duro.

Llegó a la entrada del Bosque. Ajustó el revólver que llevaba en la cintura, y púsose la roja caperuza sobre su cabeza. El flequillo sobre su frente delataba el rubio de su cabello, y el largo de este. Caminó por el terroso sendero color café por muchas horas antes de tomar un descanso, sin dejar de sentirse fastidiada por la trova de pájaros posados en las ramas de los árboles, entes débiles. Encendió un cigarro y se detuvo en la orilla de un lago no muy lejos del camino. Sus delicados pies probaron la frescura del agua infinita que recorría la depresión, a la vez que observaba el otro lado: una pareja de pumas, ambos machos; árboles altos y gruesos, que servían de morada para las ardillas, esos tiernos animalitos a los que Ilse odiaba. Todo lo despreciaba, abominaba la pacífica vida que llevaba en el pueblo, los animales que sólo viven y nada más, su tonto vicio del tabaco que había adoptado para eliminar su fama de niña buena, porque no lo era. Ya había llegado el crepúsculo cuando su furia por fin calmó y sacó los pies del agua, y el viento se encargó de secarlos. En el momento que  terminó de fumar el sexto del día, retomó el andar, y luego de unos minutos de caminata, divisó unas pequeñas setas marrones bajo un arbusto colocado en la curva de la senda.
‘’Esto dejó de ser aburrido’’ pensó, al tiempo que corrió hacia ellos, con una sonrisa. La primera del día.

II
Cuando acabó de consumir un par de aquellos estimulantes milagrosos, los efectos los hallo de inmediato: Los tímidos árboles ahora eran seres ultra violentos que agitaban sus colosales brazos, como si quisieran atacarla y algo lo impidiera; los búhos eran demonios alados, espectadores de una función horrorosa que ellos, al igual que la chica podían ver con sus abisales y tenebrosos ojos; el viento era el hedor del mismísimo Bosque muerto; La Luna, llena esa noche, la admiraba demente en la alta bóveda oscura, y las estrellas eran lo ojos de la Reina de la piel de plata, cada una con un iris diferente.
Ilse caminó temblorosa por la vía tratando en vano de sostenerse en algo, pero en ningún momento soltó su canasta. En un momento, se desvió del camino, y vagó hasta llegar a un claro, siempre esquivando los ataques de las sombras y los árboles.  Una vez allí, se dio cuenta que una figura cuadrúpeda, negra y de ojos amarillos la miraba. La larga cola se agitaba violentamente, y tras rápidos movimientos, la bestia estuvo frente a ella. Se encontraron: mujer blanca y lobo negro, ojos verdes y ojos azafranados, rabia contenida e ira libre. Ella se acercó al animal, y dejándose llevar por sus deseos lascivos contenidos, dejó que la fiera llevara a cabo el acto carnal, dando paso a un carnaval de orgasmos durante largo rato. Las sensaciones que Ilse sintió no pueden ser descritas, excepto el placer, pero, ¿placer de qué? No sabía lo que hacía.
No era conciente de sus actos, no tenía idea donde estaba, y menos lo que veía. ¿Acaso estaría muerta? Obviamente, esa pregunta la formuló de día. Aquella noche el mundo dejó de ser mundo para convertirse en algo similar al infierno, donde las emociones eran imposibles de ser contenidas.

III
Soñó que se encontraba encerrada en una celda de carne y huesos. La sangre recorría todo su cuerpo, y estaba toda viscosa también por los fluidos. Es como si hubiera estado dentro del cuerpo de alguien vivo…podía oír una segunda respiración, agitada, como la de un sujeto inhumanamente furioso. Poco a poco fue levantando su brazo y estirándolo, puesto que quería saber las dimensiones de su celda, pero pronto se dio cuenta de lo estrecho que era el lugar. En un principio, como estaba adormecida, no le dio tanta importancia a la situación, pero luego el pánico se hizo incontrolable y comenzó a golpear exasperadamente las extrañas ‘’paredes’’.

El cazador que se encontraba a su lado la protegía hace dos horas desde que la encontró, tirada en la hierba al medio es un terreno libre de árboles. Estaba semidesnuda, con sus ropajes rasgados de una manera extraña, pues el cuerpo de la chica no tenía heridas. El níveo cutis de la joven y el cabello rubio, algunos expuestos a los primeros rayos del alba cautivaron de inmediato al solitario hombre de treinta años, por lo que intentaba no mirarla. Levaba una escopeta clásica al hombro, y un revolver de largo cañón y de ocho balas cargadas a la cintura. Con el tiempo, el cazador aprendió a convivir con la soledad, aunque solo no estaba del todo; El Bosque y sus habitantes eran seres de grata compañía, criaturas de las cuales no se cansaba de aprender. Mujeres…de vez en cuando se acostaba con una ramera, pero el amor, el tener a una compañera a la cual le entregas los secretos más sagrados de tu vida y haces suyo tu espíritu, había muerto para él. Nunca fue bueno con las relaciones, ni siquiera en la amistad. Decidió entonces dedicarse a la vida que siempre soñó, pacífica y con lo necesario para hacerlo experto en lo que quisiera. Sin duda, optó por el camino más difícil.
Él la llevó en sus brazos, con un sencillo canasto, hasta la orilla del camino, junto a un gran cerezo de hojas rosáceas. Evitar contemplar a tan bello ser era un complicado desafío, puesto que se veía bastante atractiva yacida tan inocentemente dormida.
Tras largo rato, y mientras el individuo encendía un cigarrillo, escuchó la suave y fría voz de la chica.
-                     Tenía una cajetilla en mi bolsillo…pero creo que se la perdí…
-                     ¿Quieres uno?- le ofreció amablemente…se dijo a si mismo que no le reprocharía a la recién despierta sobre los riesgos del tabaco, que no era sano para esa edad.
Le encendió un tubo y se lo dio, y ella le dio una larga chupada la bendita colilla.

IV
Llego la joven a su destino cuando el pueblo era nuevamente bañado con el fulgor de la Luna llena. Llevaba puesto lo que quedaba de su vestido, una chaqueta que el cazador le dio y su caperuza de terciopelo escarlata. Tenía frío, y los cinco cigarrillos que su guardián le regalo se los fumó en el transcurso del día.
En la cesta, aparte de los regalos que su madre había puesto allí, se encontraban 10 balas para recargar su revolver, que no usó en la travesía y que, sin saber explicarlo, no había perdido. (Que injusta es la vida…daría esos malditos y pequeños metales por la cajetilla que descuidó).

Sacó una llave dorada bastante oxidada, con la que pudo abrir la deteriorada puerta. La casa, algo pequeña, vieja, descuidada y sin luz, quedaba en la periferia del gran pueblo, en su entrada al Este. Muchos viajeros pasaban de largo pensando en quien viviría en la residencia, si es que alguien vivo pudiera morar allí.

A pesar de lo oscuro, ella pudo sentarse en el único sillón decente que la Vieja tenía en el domicilio, debido a que la memoria de la chica había retenido el orden de los muebles. La abuela, a causa de su atroz estado físico, no había hecho una redecoración en más de veinte años. Descansó un momento.

V
Rato después y sintiéndose mejor, se dirigió directamente al cuarto, con la canastilla bajo el brazo. La mujer estaba sentada en la cama, mirando con amargura hacia la ventana que daba a la calle. La luz lunar iluminaba toda la alcoba, al igual que esos luceros amarillos.
-         Hola Vieja – dijo Ilse, entrando a la habitación.
-         ¿Que haces aquí, nietecita? – preguntó con voz enferma y repugnante. La sala estaba impregnada de un aroma pestilente.
-         No te hagas ilusiones; No vine saber como estás-.
Y un rayo cruzó por su cabeza, dándose cuenta de algo. La Vieja lucía extraña. Tenía rasgos que no eran propias de una mujer…Tal vez la voz era producto de sus múltiples enfermedades, pero esto…Comenzó a sospechar.
-Que anteojos tan grandes, Vieja. Nunca los necesitaste -.
- Son para verte mejor, querida -.
Queriendo más pruebas, inquirió:
-Y tus orejas…que feas y grandes son-
-Con ellas te oigo mejor, mi niña-.
Esos ojos color ámbar la aterrorizaron. El tono de voz no era propio de aquel vejestorio. Ese no era el trato al que estaba acostumbrada a recibir de parte de la anciana. Ella no era su abuela.
-         Que boca tan sucia y grande tienes, hijo de puta- le dijo con insensible voz.
-         No querrás saber para que sirven… - lo dijo con voz extremadamente grave,  y al tiempo que Ilse sacaba su revolver, el impostor saltó de la cama…y comenzó la transformación.

Ella vació el tambor en el hombre, pero aquellas balas no impidieron que el sujeto culminara con su metamorfosis: su piel se rasgaba para dar paso a una nueva piel extremadamente velluda, con el pelaje color negro; su rostro tomó la forma de un canino; una larga cola salió desde atrás, y se agito con saña. El lobo dio un salto y quedó en frente de la chica. Le era familiar: en algún lugar había visto al animal que olfateaba a su alrededor, girando bruscamente la cabeza, y parecía que con cada inhalación, se volvía más loco.

Cargó tres proyectiles y corrió. Salió del cuarto en línea recta, y tropezó con un gran bulto. Cuando cayó, su piel tocó un líquido que ya parecía estar seco, aunque algunas partes se mantenían frescas. Vio que su atacante se acercaba lentamente; lo sabía porque en medio del oscuro escenario se aproximaban el par de círculos azafranados. El lobo dio un salto. Ella no intento apuntar.

VI
A sólo unos kilómetros de la entrada de aquel pueblo, se encontraba el cazador, intentado dormir.
‘’-Fue algo extraño…una fiera azabachada me atacaba, pero el dolor se convertía en placer. Luego, me hallaba encerrada’’.
No era algo bueno. Ilse fue víctima de Sir William Kent–Battenger, famoso aristócrata de Hanau, licántropo desde hace 25 años. Con el fin de proteger a la hermosa muchacha, el hombre la siguió con prudencia hasta cierto punto cercano a la casa de la abuela.
De pronto, un aullido lo sacó de su reposo.
El cazador saltó de la rama donde reposaba, y corrió, dejando su bolso y escopeta; esta última no serviría. En pocos segundos llegó al fin del camino y observo como el Lobo lentamente dejaba la casa. La sangre fresca goteaba desde el pecho y el hocico, gotas que formaron un pequeño charco en cuestión de segundos una vez que el lobo estuvo a metros de él. Pudo ver, con dificultad, los orificios que tenía a los costados de la región dorsal y supo que la joven intentó darle muerte. Sacó y encañonó con su revolver cargado de plata bendita al cuadrúpedo endemoniado. Con violencia este agitó la cola y dio un aullido más; él último, quizá. Corrió el alma maldita hacia el vengador con la intención de destrozar su cuerpo, pero el cazador se adelantó y dio un certero disparo. La bala dio en una pata, pero eso no fue suficiente. ‘’Maldita perra’’ blasfemó entre dientes.
Por un momento. El individuo vio como la abominación hecha carne volaba por los aires; contempló con detalles como los cabellos eran agitados por el viento; como la baba salía del hocico, formando un hilo en el cielo. Pero no se dio por vencido. Y a pesar que el fragmento de plata atravesó el cuerpo del animal, haciendo explotar su oscuro corazón, la saliva envenenada logró mezclarse con la sangre de Leonard por medio de una última mordedura.
Luego de unos minutos, se incorporó, comprendiendo su derrota. Miró su brazo herido, y leyó en las estrellas que su vida ya no tenía sentido. Y antes que su sangre comenzara a hervir y e infectara los tejidos de su cuerpo, el cielo fue testigo del suicidio.


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