viernes, 20 de enero de 2012

Confesión de Madrugada

Me gusta tu mirada,
esa que brota al leer lo que (te) escribo.
Me gusta tu aura,
Y tu pelo
con el color de la naturaleza
terminado en fuego.

Me gusta tu simpatía
tan contigua a mis manos,
al igual que tus pasos,
cada vez que te acercas.

Me enamora tu voz cada vez que la escucho,
la que acalla a los vientos y endulza a la historia;
Tu estilo es el astro que a diario flirtea
Con cada bestia sometida a lo absurdo
También con la noche que se tiñe de llamas,
Despertando los celos
Repartiendo delirios que agonizan en la esperanza;
A los ángeles enamorando
con tu velo bañado en intriga escarlata.

Liberas
o escondes,
depende de mis palabras
la música que acallas, cohibiéndose al tacto;
Los matices de una tarde
los define mi brazo
rodeando tu cadera
En un marco de aves,
un breve verano,
nuestros pies bajo arena.

Me gusta tu figura
armónica, esbelta, sin
los colores que los crueles pretéritos otorgan,
siempre firme, al carajo el fin
cuando entiendes como sabe lo prohibido.

Lo que sale de tu boca
articulada con más fuerza
por tu lengua, también me gusta,
Y lo trazo en los muros
de todos los inviernos
para así recordarte, cuando estas lejos,
descansando de la vida,
O del ilegible sentimiento;
Reposa, oh Lirio, sobre mis hojas pálidas,
Recuéstate en mi propia cama,
Duérmete en mi corazón semi-lleno.

Cautivas mis ideas.
Tú.
Y nadie más.
Eres la razón por la cual abrir los ojos, entre tanta obscuridad.
Eres por quien yo vuelvo a desempolvar esos viejos sentimientos, aquellos desamparados por mi voz quebrantada ante la necedad propia.

Por ti, vuelvo a sentir calor cuando beso a Los Andes
toco Alaska
balbuceo al Himalaya.
Tu lectura del alma fue la mano que rescatome del Hades. 

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